.
Esperé con ansias leer este libro, al menos dos años. Hablar de jóvenes suicidas donde el mundo termina tenía de antemano todos los condimentos para atrapar a cualquier curioso de vidas ajenas. Pero el texto, para mi sorpresa, se queda a mitad de camino. Y poco habla de los suicidas y de aquellos compañeros de la misma edad que quedaron, y que sienten cada historia como propia.
Leila Guerriero camina por las calles de la ciudad de Las Heras, en la provincia de Santa Cruz, como quien recorre un pueblo sobre el que poco conoce de su historia. Camina como quien no es cronista y deja las historias a merced de la intención y voluntad de sus entrevistados. La mayoría de ellos, aún habiendo visto las caras de los muertos del fin del mundo, hablan de sus propias percepciones, y con un cassette. Y hablar de los suicidas del fin del mundo debería ser hablar sobre sus sentimientos, sobre cómo vivían y sobre qué miraban sus ojos cuando estaban abiertos.
En cambio, la escritora habla de prostíbulos y de clubes nocturnos. De personas sin rumbo. En todo pueblo como Las Heras existe la diferencia entre NYCs (Nacidos y criados) y VYQs (venidos y quedados), pero Guerriero parece que no lo sabe. Y confunde. Habla en cambio de la división entre “peronistas y radicales” y todo el tiempo de prostitutas. Las Heras es en este libro un gran prostíbulo. Pero poco dice de los suicidas, de quienes eran realmente, de cómo sufrían el horizonte de la nada.
Prevalece de todas formas la dignidad de la buena intención. La nobleza de acudir, de esperar, de observar, de perderse, de intentar narrar una historia y llevar ese pedazo de mundo a alguien que lo desconoce. Por eso es una crónica recomendable.
El primer gran pecado de Guerriero es jugarse poco por lo que ve. Gran parte del texto son desgrabaciones de entrevistas, en la que ella habla poco, no repregunta y deja que sus entrevistados hagan lo que quieran. Por eso, si bien con fragmentos bizarros y hasta irónicos, las entrevistas no dejan ver el interior de la persona que habla. Gente con poca instrucción habla en forma ridícula sobre cómo Dios ayudó a sobrepasar el suicidio de sus hijos, en textos alarmantes por la forma en la que viven la religiosidad. No se ve el dolor, la culpa, bronca, odio, desesperanza y tristeza de esas personas.
Cuando Guerriero es la que ve y la que narra, todo es diferente: es simplemente genial. Es ella la que nos lleva de la mano a ingresar al pueblo, la que guía y advierte:
“A los costados, arriba, abajo, no había nada. Ni pájaros ni ovejas ni casas ni caballos. Nada que pudiera llamarse vivo, joven, viejo, exhausto, enfermo. Sólo había eso –desierto puro-, los balancines del petróleo con sus cabeceos tristes, y el ruido de una botella que iba y venía por el pasillo y que nadie –ni yo- se molestaba en levantar. No éramos más de cinco pasajeros, el chofer impávido y un poco de música”. (Página 22).
“Era mi primer día en Las Heras. El viento levantaba olas de polvo, azotaba los frentes de las casas bajas y todas las ventanas estaban cerradas. Después, días después, entendí que detrás de esos postigos había bares y kioscos, tiendas y mercados, algún gimnasio, pero entonces, luchando para avanzar contra ese viento inverosímil, lo que vi fue una ciudad cegada que por obra y gracia de un corte de ruta empezaba a ser, además, un sitio fuera del mundo, un lugar perdido”. (Página 30)
“Entonces supe. Esto era el Sur. El Sur del país pero también del mundo. El fondo, el confín, el sitio donde todo queda lejos. Y viceversa. Muy viceversa”. (Página 39)
Cuando es ella la que describe, opina y piensa sobre las personas, sobre quienes son, una oración parece ser más valiosa que cinco páginas de testimonios:
“Ser alguien era algo que querían ser muchos ahí en Las Heras. Ser alguien, decían. Como si ellos, así, no fuera nadie, nada”. (Página 40)
“Al otro lado de calle estaban las vías muertas, y, unos cien metros más allá, el cementerio. La argentinidad, pensé, es muchas cosas pero sobre todo ese gusto por poner las cosas del coger y del morir tan cerca la una de la otra. Aquí se coge, aquí se muere, y en el medio de la vida, aunque allí estaba –y ya no está- el ferrocarril”. (Página 68 )
“Nadie vio en eso nada raro pero ella ya sabía: había acariciado por última vez esas mejillas, sus ojos habían visto por última vez aquellos ojos. La muerte goteaba de las manos. Sus dedos eran ya lo de una muerta”. (Página 92)
“Una pausa. Una respiración honda. En la grieta de sus ojos bailaba un agua rara”. (Página 141)
Un déficit que debería ser corregido en ediciones futuras es el rigor periodístico, a menudo olvidado por la escritora. En la página 50, por ejemplo, dice: “la noticia había llegado a Buenos Aires, y era, probablemente, una de las primeras noticias de las Heras que había llegado nunca”. Me pregunto cuánto tiempo podrá demandar dirigirse al archivo y comprobar esa falacia. Cuando habla sobre la falta de servicios de teléfono, dice “hasta aquí no llegan el largo brazo de la Telefónica ni las pretensiones francesas de Telecom”. Telecom, cuando escribe, sólo podía prestar servicios en la zona centro y norte de Argentina, según la ley vigente de telecomunicaciones. Son casos que se repiten y dañan el texto.
La exageración es otra falta de rigor periodístico. Sólo una página después, Guerriero dice: “Peronistas y radicales no suelen ser amigos, salir juntos, mezclar familia”. Muchas cosas pueden ser los santacruceños, pero una de sus cualidades particulares es que Santa Cruz es un pueblo anarquista, en un sentido amplio de la palabra. En Las Heras falta preguntar nomás a los mismos partidos políticos para comprobar la escasa afiliación y participación de los vecinos en política.
Al texto, además, le falta una buena pincelada de edición periodística. En las primeras 100 páginas, seis veces se menciona Las Heras e inmediatamente después, entre comas, las palabras “provincia de Santa Cruz”. Se repite también que Néstor Kirchner era gobernador de Santa Cruz otras tantas veces, y, en la página 79, después de mencionar y describir el cementerio, cuenta que también hay “un” cementerio.
Con todo, ciertas citas dan en el blanco, explican el porqué y conmueven:
“…‘Acá si no sos fuerte, si no tenés mucho empuje, se te van apagando las ilusiones. A veces, no te creas… yo creo que esta idea de quitarse la vida la ha tenido todo el mundo. Es que te cansa. Esto te cansa’. Señaló la puerta. El viento pateaba para poder entrar”. (Página 126)
“‘La gente habla mal del pueblo, y yo pienso que cuando uno está disconforme en algún lugar es porque está disconforme con uno mismo… Acá la gente naturaliza todo: el embarazo adolescente, el suicidio, la violencia. La gente naturaliza cosas graves’”. (Página 140)
“‘No es que me dé alegría, que sea algo placentero, pero el viento te da algo distinto, te demuestra que estás en un lugar específico’”. (Página 156)
No escribo esta crítica por costumbre ni obligación. Guerriero es una escritora excepcional que podría haber echo de está, una crónica fantástica. Hizo una obra buena, tres estrellas. Fundamentalmente la hizo, y eso es lo importante.
Pedro Andrés Ylarri
Crítica ylarri.com.ar: Bueno ***
Escrito en Crítica Literaria, Crónica, Por Pedro Andrés Ylarri | Etiquetas:argentina, Crónica, cronicas periodisticas, leila guerriero, Las Heras, Santa Cruz, crítica literario

